jueves, 12 de abril de 2012




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ESE EJÉRCITO SILENTE
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Me cuentan que en breve cierta organización de defensa de los animales con la que tengo el gusto de colaborar iniciará una campaña de captación de socios –e imagino que asimismo socias–, y les pregunto si les mueve a ello alguna razón en concreto, si acaso la masa social se vio reducida por mor de la dichosa crisis. Me dicen que, por fortuna, la iniciativa no responde a una “imperiosa necesidad”, pero que se percataron de que una inmensa mayoría entre quienes se autoasignan la pomposa etiqueta de “animalistas” ni pagan ni pagaron nunca cuota alguna a la asociación de turno, defienda esta a gatos, caballos, carpines dorados, o al grupo zoológico al completo. ¿Cómo es eso posible?, se me ocurrió preguntar, de natural ingenuo como soy, y mis compañeros se encogieron de hombros, se cruzaron miradas, se rascaron el cuero cabelludo, carraspearon, para al final regalarme un escueto “Ya ves, la condición humana…”. Pobre eufemismo para lo que en realidad bebe de la vieja filosofía –tan antigua y arraigada como la propia “condición”, por cierto– del “que lo hagan otros”.

Pues así es, mis queridos amiguitos: nueve y pico de cada diez personas sensibilizadas con el drama que sufren a diario los animales no contribuyen a sufragar los gastos de ni una sola asociación. Y un servidor, que no se casa con nadie y al tiempo no tiene el menor empacho para acostarse con el mismísimo diablo si la causa lo merece, quiere hacerles partícipes de su perplejidad, cuando no de su directa desazón, en un intento vano de comprender la estructura mental de quien no se lo piensa dos veces a la hora de coger el teléfono y llamar a la organización de turno para que sus aguerridos miembros se pongan en marcha y rescaten a la treintena de perrillos que malvive en cierta alquería de la sierra; supongo que tales informantes esperan que despeguen raudos dos o tres helicópteros desde la sede central de ATEA para el rescate de los necesitados animales, con posterior e inmediato traslado al paraíso de los canes… tras regalar una buena somanta de hostias a los malvados responsables, por descontado. ¡Pero de hacerse soci@, nanai, eso ni mentarlo! Confieso especial interés personal por saber cómo creen est@s solidari@s de diseño que se paga teléfono y fax, de dónde suponen que sale el dinero para el ordenata, o quién leches sufraga los costes judiciales, caso de haberlos. Me muero por saber cómo diantres entiende esta gente que funcionan las cosas, sino aplicando la antiquísima fórmula de acoquinar entre tod@s para que un grupo de elegidos (en Asamblea General Ordinaria, nada de designios divinos) gestione como mejor sepa y pueda los recursos existentes, siempre guiado por la línea ideológica oficial del colectivo equis. A veces sueño que de mayor quiero ser como ell@s, hablo de quienes se van a la cama creyéndose doctos animalistas por una llamada telefónica. Mas aparece ipso facto el arrepentimiento, y casi prefiero manejarme con un perfil muy diferente, digamos normal, pensar que aquí nada se regala, y que solo una masa social fuerte hace fuertes tanto objetivos como logros.

Vuelvo al dramático panorama, el protagonizado por ese ejército silente de animalistas, que de verdad lo son, pero que aún no han dado el paso definitivo, que no ha de ser necesariamente quedarse en cueros en la Plaza Mayor, ni asaltar el ruedo, ni integrarse en un corajudo comando de encapuchados. Por supuesto que todas estas cosas, y otras muchas, son estupendas e importantes –diremos al respecto aquello de que si no existieran habría que inventarlas–, pero percibo que la fórmula más pragmática de activismo animalista pasa por hacerse miembro de una organización: así de simple. Cada cual elegirá la suya, siendo como es la oferta –por suerte o por desgracia– muy amplia. Si acaso parece que me dio la vena proselitista, parecerá bien: ¡bienvenido sea el proselitismo burdo si alimenta nobles causas! Y la que nos ocupa lo es con creces, vaya que sí.

Desde mi humilde condición de escritor amateur, estimad@s lector@s, poco más puedo hacer por salvar sus almas, como no sea ofrecerles la posibilidad de expiar culpas pasadas y presentes, para lo que apenas se necesita rellenar un sencillo formulario, y tendrán el cielo ganado en la tierra. No me negarán que la cosa pinta bien fácil para tan excelso premio. Lo dicho: háganme ustedes el favor de no ser míser@s, y apúntense hoy mejor que mañana a la mayor revolución moral de la historia de la humanidad. Verán con qué tranquilidad de conciencia duermen a partir de entonces. De nada.



[*] Escribí este artículo para el magazine on-line AllegraMag. Si deseas acceder a mis otros textos en el mismo sitio, pincha AQUÍ.


© abril 2012


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